Se me revuelven las tripas cada vez que oiga hablar de “limpiar de vegetación” el cauce del Río. No porque me oponga por principio a cualquier tipo de intervención que suponga la tala o poda de especies arbóreas, sino porque supone tomar árboles, arbustos y otras plantas como basura y no como unos seres vivos que en la cadena alimenticia se catalogan como productores y de los que dependemos el resto (consumidores). El espectacular aumento de la vegetación de la Ribera y el desprecio de la misma es cara y cruz del mismo cambio económico y cultural. Entre los usos arriba indicados cabría indicar los relacionados con la cestería, actividad que ha sabido aprovechar las ramas resistentes y flexibles de los sauces, fruto de la evolución de estas especies a las crecidas de los ríos.
Con la decadencia, y de la protección por ley de estos habitats, sauces y álamos volvieron a recuperar los espacios perdidos, pero su aparente inutilidad para muchos urbanitas los llevan a ser catalogados de “porquerías”.
En este sentido pudiera ser muy interesante propiciar usos sustentables de la vegetación que rodea el Guadalquivir en el tramo urbano: primero porque revaloriza ante algunos ojos sauces, álamos y eneas. Y, en segundo lugar, permite recuperar la memoria de las relaciones que se establecían entre el pueblo llano y el Río. Palacios, castillos, alcázares, iglesias, etc. forman parte de nuestro legado cultural pero las actividades de la gente de a pie quedan invisibilizadas con el paso de los años.
Estoy con quienes piensan que es necesario una gestión de la vegetación de la Ribera, incluso con quienes ven la conveniencia de abrir ventanas entre la vegetación que permita la contemplación de los monumentos. Pero veo necesario que esta intervención se haga con mimo, conscientes de la valía de esta exuberancia de vida, propia de un espacio que cuenta con abundante luz y agua.


